Psicoterapia Online | Dr. Iñaki Vázquez

ESPECIAL EXPATRIADOS. MI PRIMERA VEZ… ONLINE

Metro LondresUn día estoy en casa y me suena el teléfono.

-¿Doctor Vázquez?

-Sí, soy yo.

-Mire, me da su contacto Maribel. Usted trató a su hija. A la mía le pasa algo parecido y quisiera pedirle que nos echara una mano.

-Claro, esta misma semana pasaré consulta, si quiere les reservo una hora…

-No… verá es que mi hija no vive aquí. Está en Londres.

-Ah… ¿y cómo puedo entonces yo…?

   Sí, ya ves. Hubo un tiempo en que mi mente no concebía otra manera de acceder a las personas que no fuera que vinieran a mi consulta y se sentaran al otro lado de la mesa.

   Todos tenemos creencias que nos dicen lo que se puede y no se puede hacer, y para mí estaba más que claro que la terapia se hacía en un despacho, cara a cara, con dos sillas y una mesa. Lo demás eran inventos. Ya bastante nos había costado levantar al paciente del diván…

-¿No tienes usted skype? Podría llamarla.

   Antes de que mis creencias limitantes tomaran el control y le dijeran que “eso no podía ser”, continuó:

-Verá ese es el problema de mi hija. Lleva en Londres 6 meses, y aunque estuviera aquí tampoco estamos seguros de que acudiera a su consulta. Solo sale para ir a trabajar, el resto del tiempo lo pasa encerrada en su cuarto… La vemos triste… no sabemos qué hacer.

   Me pidió que tan solo hablara con su hija unos minutos, para ver si podía detectar algún problema psicológico.

  Pensé que en muchas ocasiones hablaba por teléfono con pacientes que por alguna circunstancia no habían podido venir a consulta. ¿No era eso de alguna manera terapia?… Finalmente accedí.

   La chica se llamaba Adela. 24 años. Había ido a Londres a trabajar en el departamento legal de un banco, con un contrato de muchas horas pero de sueldo suficiente como para vivir con cierta holgura en un piso compartido. La insistencia de su madre la convenció para que hablara conmigo, bajo la amenaza de presentarse allí a buscarla si no lo hacía.

   Entre mis dudas por este formato “online” y sus resistencias, tardamos un poco en romper el hielo. Ella amablemente agradecía mi interés y yo trataba de establecer una base de confianza a través de ese medio ajeno a mi práctica habitual. No usamos la cámara web pero el tono de esa chica, su forma de expresarse denotaba angustia y tristeza.

-Adela, ya sé que esto es raro. Tus padres te “obligan” a hablar con un desconocido para que te examine. Y ese desconocido además no se siente muy cómodo haciéndolo así. ¿Qué posibilidades tenemos de que esta vaya adelante? ¡Muy pocas!

Ella se rió por mi franqueza.

-Hagamos una cosa. Ayúdame a entender lo que te pasa. Es evidente que no estás bien. Si no la gente que te quiere no estaría tan preocupada. Cuéntame lo que sucede y si está todo bien yo mismo te echaré una mano para tranquilizar a tus padres. ¿Qué te parece? ¿Trato? 

Se quedó callada por un momento y dijo…

-Trato.

   Entonces me confesó que no se encontraba bien. Que no sabía lo que le pasaba pero que notaba ansiedad cada vez que tenía que ir a trabajar. Todo partía de uno de los primeros días que fue a coger el metro. Sin ningún motivo empezó a sentir una presión en el pecho muy fuerte. Llegó a pensar que le estaba dando un infarto y salió de allí a todo correr hasta que se le pasó.

   Le daba miedo que aquello volviera a repetirse, no sabía lo que había sido. Desde entonces tenía un nudo permanente en el estómago, a veces mareos.

   La ciudad, el estrés del nuevo trabajo, el idioma que hablaba pero que aún no dominaba, todo se sumaba para alimentar esa sensación de ansiedad creciente.

   Empezó a encerrarse en casa a modo de refugio. Todo le costaba muchísimo aunque seguía yendo a trabajar. No sabía a quién contarle todo aquello. Aún no tenía amigos, no quería preocupar a sus padres… y poco a poco su ánimo se iba decayendo…

   Estuvo hablando más de 15 minutos seguidos y cuando terminó pude notar alivio en su tono de voz. Por fin había podido desahogarse y eso ya había sido muy terapéutico para ella.

  Y lo fue mucho más cuando yo le expliqué que eso eran síntomas de ansiedad comunes, que podían enmarcarse claramente en un momento de cambio importante de vida. Que sus reacciones habían sido lógicas pero que no estaban sirviendo para remontar la situación.

   Y, sobre todo, que no se preocupara, que había remedio para ello. Eso sí, tenía que hacer algunas cosas que y o le iba a sugerir. ¿Estaba de acuerdo? Lo estaba.

   Le expliqué cómo actuar si volvía a detectar síntomas de ansiedad como los que le había dado en el metro (una técnica sencilla de respiración). Acordamos que pediría cita en su médico de cabecera en Londres, y yo mismo le enviaría un breve informe clínico en inglés por email para que lo enseñara, y su médico supiera mi impresión diagnóstica y el tratamiento sugerido. Me ofrecí también para hablar y tranquilizar a sus padres y acordamos una cita de control para la siguiente semana.

   El hecho de tener un plan establecido había calmado de tal manera a Adela que casi se sentía recuperada antes de empezar. Me agradeció muchísimo la llamada y colgamos.

   Miré el reloj. Lo que iba a ser una llamada de 15 minutos se había convertido en casi una hora. ¡Una terapia en toda regla! De pronto me sentí eufórico. De alguna manera se había roto una limitación dentro de mí y se abría un campo increíble para mi profesión. Había comprobado de primera mano que hacer terapia online era posible. Que una persona que lo estaba pasando realmente mal, por algo que tenía una solución relativamente sencilla, podía empezar a sentirse mejor gracias a esa intervención.

   Esta fue mi primera vez. De ahí vinieron muchas otras y la ilusión de una plataforma para llevar esta idea a todos los sitios, y el principio de una misión: que nadie lo sufra por no poder acceder a un profesional que le ayude.

   Así que si eres una persona que lo estás pasando mal y por las circunstancias que sean (ubicación, idioma, privacidad, enfermedad…) no te es fácil acceder a un profesional que pueda ayudarte, entonces no lo pienses un minuto y contacta conmigo aquí mismo. Un simple correo basta: “Hola he leído tu post. Me identifico con Adela… me pasa esto… no sé por dónde empezar…”. Y ya está dado el primer paso para salir de esa situación y empezar a sentirte mejor.

   Y si te dedicas a ayudar a los demás como psicólogo, psiquiatra, terapeuta… abre tu abanico de posibilidades. La terapia online ha llegado para quedarse. Podrás ayudar a gente que no esperabas y en lugares remotos. Y además te vas a sentir estupendamente haciéndolo. ¿Se puede pedir algo más? Te invito también a escribirme. Estaré encantado de compartir mi experiencia contigo y ayudarte en tu proyecto. Cuantos más seamos, mejor.

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Te mando un saludo afectuoso y ¡hasta el próximo post!


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