Psicoterapia Online | Dr. Iñaki Vázquez

La Historia del Viejo Leñador (Cuento Terapéutico).

Leñador¡Buenos días! ¿Qué tal ha ido tu semana? Como siempre, deseo que haya sido fantástica.

Yo he podido atender a bastantes personas en terapia y me han pasado cosas bonitas.

Una de ellas es que he conocido en persona a Beatriz, que es una chica joven que vive en centroeuropea con la que solo había tratado a través de skype.

Ha pasado por Madrid y se ha acercado a mi consulta a saludarme en persona. ¡Genial vernos Beatriz!

Otra cosa bonita es que he tenido la oportunidad de usar de nuevo la hipnosis en mis terapias con buenos resultados. (Otro día te hablaré de ello, pero ya te adelanto que no tiene nada que ver con lo que ves en la tele).

Una de las variantes de la hipnosis es utilizar cuentos, metáforas o historias terapéuticas y esta semana ha venido a mi memoria una que me marcó en mis años de formación como terapeuta.

Por algún motivo ha aparecido para ayudar a dos clientes que la necesitaban justo en este momento.

Y he pensado que también a ti te podría gustar leerla y por eso te la he escrito en el post de hoy. Es esta…

340439-svetikHace muchos años en el norte de Canadá había un concurso de leñadores. Reunía a los mejores de toda la región e incluso de países cercanos, como los recién constituidos Estados Unidos.

En un área boscosa de pinos inmensos, se desarrollaban las pruebas que duraban varios días. Días de intensidad, sudor, alegrías y decepciones acompañados con el constante sonido de las hachas contra la madera y el olor de la resina.

Aquel año se cumplía el décimo aniversario de la competición con lo que la expectación y la afluencia eran las mayores de toda su historia.

Las pruebas comenzaron, y con cada una de ellas se iban eliminando participantes. Tras varios días solo los más fuertes y habilidosos con el hacha permanecían en la competición, hasta que finalmente quedaron los dos finalistas que habrían de jugarse el título de mejor leñador en la última prueba.

Uno de ellos era un joven fuerte, lleno de energía cuya fama había sido acreditada durante el concurso: había ganado todas y cada una de sus pruebas con una sorprendente facilidad, batiendo incluso alguno de los registros de competiciones pasadas.

Pleno de confianza era el favorito para ganar.

El otro finalista era un viejo leñador. Delgado, fibroso, curtido en toda una vida de profesión cortando troncos cerca de la frontera de Alaska. Era bueno en su profesión pero nadie sabía realmente cómo a su edad había podido llegar hasta la final.

Sí, había ganado algunas pruebas, no todas (las de velocidad no eran su fuerte) pero en la puntuación final había sido un justo finalista.

A decir verdad nadie daba un duro por él en la final con el joven, y las apuestas (ilegales, pero a la orden del día) así lo corroboraban.

La última prueba era sin duda la más exigente. Se trataba de una jornada entera cortando árboles. Ganaría el que más hubiera talado al final del día. Así de sencillo. Así de duro.

Los dos finalistas se dieron deportivamente la mano con el primer rayo de sol y ambos se dirigieron a diferentes áreas del bosque para empezar.

El joven empezó con un ritmo alto y constante. Su hacha se alzaba y golpeaba con una cadencia firme y seca, y el brillo del sol en el metal podía verse desde muy lejos.

Sabía que con ese ritmo era imposible que el viejo leñador le aguantara y era cuestión de tiempo que la victoria cayera de su lado.

Entre árbol y árbol el joven miraba de reojo al área dónde se encontraba el viejo, unos cientos de metros a su derecha. A las tres horas lo vio sentado con el hacha en las manos.

“Ya tiene que descansar y solo han pasado tres horas”, pensó. “El triunfo es mío”. Aún así no se permitió apenas bajar el ritmo.

Pasaban las horas y cada cierto tiempo veía de nuevo como el viejo se volvía a sentar durante varios minutos antes de reanudar su labor.

Una hora antes antes de la puesta de sol, momento en el que terminaba la prueba, el joven estaba seguro de victoria pero decidió hacer un último esfuerzo. No solo ganaría sino que dejaría un récord que podría durar muchos años.

Con el último rayo se dio por finalizada la prueba. Ambos concursantes se saludaron de nuevo, extenuados en el círculo central desde donde se iba a proceder al recuento.

Empezaron con el joven. Apilaron los troncos en varios montones y… ¡329 árboles cortados en una solo jornada! ¡Impresionante! Como pensaba, un nuevo récord absoluto de la competición.

Se dirigieron a contar los árboles talados por el viejo. Poco a poco se fueron amontonando en una pila que cada vez se hacía más alta. En la mirada del joven se coló un grano de duda. ¿Cómo había cortado tantos troncos? Aún así, seguía seguro de su victoria.

Los encargados de recoger los troncos y amontonarlos se reunieron de nuevo con sus anotaciones al lado de tres inmensa pilas.

¿Cuántos son? ¿Cuántos suman?

El árbitro principal levantó el papel con la anotación final y gritó: “¡419 árboles talados! Ya tenemos vencedor!”. Un sinfín de vítores ensalzó al nuevo y extenuado ganador que recibió su trofeo contento bajo la mirada de su rival, al que invitó a subir al podio.

Tras varias horas de festejo en el que el dinero ganado por las apuestas se cambió por las mismas cervezas que servían de consuelo a los perdedores, el joven leñador se acercó discretamente al nuevo campeón.

“Viejo -le dijo-, ¿cómo lo has hecho? ¿Cómo has podido cortar tantos árboles? Sé lo que valgo y cómo me he esforzado hoy. Es casi imposible que nadie me ganara, pero tú lo has hecho por mucho. Incluso vi como tenías que descansar a cada rato…”.

El viejo leñador lo miró amable y le dijo: “Hijo, hiciste una fantástica jornada. Pero incluso los mejores leñadores deben parar de vez en cuando para afilar su hacha”.

Y esta es la historia que te quería contar hoy. Espero que te haya gustado y te sirva como lo hizo conmigo hace muchos años.

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Por cierto va a haber muchas novedades interesantes, con publicaciones nuevas sobre temas de pareja y bienestar personal… no te vayas muy lejos…

Un fuerte abrazo y nos vemos el domingo en la Newsletter.

2 comentarios
  1. Efectivamente. El descanso nos permite poner las neuronas en orden y es algo que no habia aprendido conscientemente. El recreo es para afilar el hacha : )

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