Psicoterapia Online | Dr. Iñaki Vázquez

LA MEMORIA DE LAS MADRES, Y EL MENSAJE QUE TE PUEDE CAMBIAR LA VIDA ESTE AÑO

Dibujo original de Laura (Pigmalio Illustration)

A ti se te puede olvidar, pero a tu madre no. Las madres nunca olvidan.

Si un amigo te hace daño alguna vez, o tu pareja te da un disgusto, piénsalo antes de contárselo a tu madre. Lo más probable es que a ti se te pase y con el tiempo tu relación con esa persona vuelva a la normalidad. Pero tu madre ya le habrá puesto una muesca imborrable que dice: “¡Ojo! Esta persona una vez le hizo daño a mi niño -siempre serás “su niño” aunque tengas 40 años-, ¡no te fíes de ella!”.

El amor incondicional de las madres es así.

Pero no iba yo por aquí. Me ha venido esto de la memoria de las madres porque estas fiestas he estado con ella y después de los besos y achuchones lo primero que me ha dicho es: “Pero, ¿cuándo piensas escribir el post sobre Sandra y Alejandro, que llevas anunciando no-sé-cuánto tiempo? ¡Que me tienes en ascuas!…”.

Y es verdad. Entre los post más visitados y algunas reflexiones para el nuevo año me había olvidado de contaros esa historia. Así que el primer post que escribo nada más regresar a Madrid es la historia de Sandra y Alejandro, que no tiene nada de particular pero sí mucho que enseñar…

Alejandro y Sandra llevan juntos más de 15 años. Se conocieron en la clínica donde trabajaban y se enamoraron rodeados de ladridos, aves exóticas, reptiles y peces de colores: los dos son veterinarios.

Él estaba separado y tenía un hijo de un matrimonio anterior que vivía con él, Julio (su madre biológica estaba enferman y no podía hacerse cargo de él). Era muy pequeño cuando empezaron a convivir, así que Sandra prácticamente fue como una madre para él.

Pronto nació una hija de ambos, y después otro niño, y más tarde se lanzaron a montar su propia clínica veterinaria con éxito. Su vida en familia trascurría con la normalidad de otras muchas, con sus altibajos, mejores y peores momentos (como el accidente de tráfico de Alejandro, que tuvo que ser operado de urgencias, por fortuna sin consecuencias) y una época de distanciamiento de la pareja durante los primeros años de la crianza de los hijos.

Se podía decir que eran felices, y sus hijos también.

Cuando Julio cumplió los 16 años empezó a mostrar algunos comportamientos diferentes. Se rebelaba contra las normas, llegaba tarde, no ordenaba su cuarto. Había empezado a suspender algunas asignaturas y se había enfrentado a un profesor cuando este le pilló fumando en el baño.

Sandra había tratado de poner las normas a este muchacho adolescente que estaba dando más guerra de la que sus padres esperaban. Lejos de conseguir su propósito Julio la había encarado diciendo que ella no era “su verdadera madre”, cosa que había hecho mucho daño a Sandra.

Alejandro por su parte se veía incapaz de poner unos límites más firmes al comportamiento de su hijo: desde pequeño lo había tratado con mucho cuidado al considerar que ya había sufrido bastante al tener a su madre biológica enferma, con la que mantenía una relación ocasional y difícil. 

La gota que colmó el vaso fue una importante pérdida de peso. ¿Estaba Julio tomando drogas? Y así acudieron a consultar conmigo.

Me gustaría contarte ahora que hice una sofisticada intervención, que había algún secreto oculto en la familia que pude desentrañar o algo parecido, pero no había nada de eso.

Lo que había era un hijo adolescente como muchos otros, que además sentía la obligación de acercarse de nuevo a su madre biológica, de tratar de atenderla o ayudarla en la que pudiera.

Unido a esto, un rechazo a Sandra, a la que en el fondo adoraba y consideraba como su verdadera madre, pero con su personalidad aún en formación, tenía la necesidad de rebelarse a ella constantemente.

Había también unos papeles mal repartidos entre Sandra y Alejandro en la que lo normativo recaía casi siempre en ella, con un Alejandro muchas veces temeroso te imponer el control que su hijo estaba reclamando. 

Y algo importante: Alejandro no estaba tomando drogas pero sí empezaba a desarrollar una cierta obsesión por la comida. Lo que no estaba pudiendo controlar a su alrededor trataba de controlarlo a través de lo que ingería. Se sentía seguro al restringir la comida, y de ahí la pérdida de peso. 

Uno de los síntomas incipientes de un posible trastorno de alimentación (la anorexia también aparece en chicos) que me hicieron poner en alerta y así se lo expliqué a los padres, que prestaron su total colaboración.

Sandra y Alejandro me consultaros 5 ó 6 veces durante los dos meses que duró la terapia. Inteligentes y dispuestos se esforzaron en hacer los cambios que les sugería, tanto en su comportamiento con Julio, como en otros aspectos de la relación de pareja que creía que podían estar influyendo. 

A la tercera sesión ya observaban cambios significativos. Se sentían más seguros y confiados en sus nuevos roles. Podían adoptar nuevas normas más flexibles, y no solo Julio, sino también sus hermanos pequeños se beneficiaron de ello. Volvían a sentirse bien, a ser una familia feliz. 

Y el tema de la comida, que yo llevé detrás de la oreja todo el camino, desapareció por completo al ordenarse el resto de cosas. No tuve si quiera que hablar con él ni una sola vez.

Y en 6 sesiones, listo. Sandra y Alejandro y yo nos despedimos con un abrazo, quedando a su disposición si en el futuro necesitaban mi ayuda.

¿Y ya está? Sí, por suerte, nada más. Fue un caso relativamente sencillo con una solución sencilla. Pero lo fue precisamente porque Sandra y Alejandro consultaron en un momento muy precoz.

La clave de todo este asunto está en que pidieron ayuda nada más sentir que las cosas se les iban un poco de las manos. Que algo no funcionaba bien.

Por eso en menos de dos meses las cosas se recondujeron sin más problemas.

Invirtieron un poco de tiempo (y dinero) en asesorarse con un experto y previnieron un montón de complicaciones futuras.

Julio estaba efectivamente desarrollando un trastorno alimentario que una vez eclosionado hubiera llevado meses, sino años de tratamiento. El sufrimiento para él y su familia hubiera sido tremendo. Pero por acierto de sus padres se corrigió.

Es posible que al consultarme yo les hubiera dicho que estaban haciendo bien las cosas y que siguieran así. Pero ya un profesional les habría dado un diagnóstico y una orientación y estaría pendiente para el futuro.

Así que este va a ser uno de mis mantras para este año: no dejes que las cosas se atasquen o se compliquen. Invierte en ti, tanto si es un problema personal, o en tu pareja o familia. Siempre, siempre te va a rentar, aunque te digan que no hay que hacer nada, vas a prevenir problemas mucho mayores en el futuro.

Como dice Marina, mi fisioterapeuta: “Iñaki, ¿cómo no has venido antes? ¡Esta contractura ya no hay quién la quite!”.

Ya lo sabes, ante la duda ¡no dudes en consultar! Y busca siempre a un buen profesional (como Marina, que aunque dice que no puede quitarme la contractura al final siempre lo hace 🙂 ). 

Bueno creo que con esto ya he cumplido con la promesa que tenía pendiente. Si te ha gustado y crees que puede servir a otras personas no dejes de compartirlo.

Un abrazo y ¡nos vemos en el siguiente post!

Nota: Mamá, espero que te haya gustado el post de Sandra y Alejandro, volveré a Bilbao por mi cumpleaños en un par de semanas…

Si te gustan los post de Mente en Positivo, puedes dejarme tu email y te enviaré resúmenes de las publicaciones. Nada de spam, solo cosas que te sirvan (y los dos regalos de bienvenida). Apuntarme a la lista.

6 comentarios
  1. Excelente abrazos Iñaki

  2. Gracias José Luis. Un fuerte abrazo también para ti.

  3. No dejar que las cosas se pudran… Gran lección!!

  4. Excelente Iñaki me gustaron tus dos últimos artículos, la circularidad en las relaciones y el de las madres. En fin que buena opción de seguirte píenso que voy a tener información bien nutritiva. Gracias

    • Gracias Soledad! Me alegrará mucho tenerte por aquí. No dejes de participar y comentar todo lo que desees. Un abrazo!

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