Psicoterapia Online | Dr. Iñaki Vázquez

REFLEXIONES SERIÉFILAS. HOY, LAS ENSEÑANZAS DE “FARGO”

Fargo Allison Tolman“Esta es una historia real. Los sucesos que se describen ocurrieron en Minnesota en 1987. A petición de los supervivientes se han cambiado los nombres. Por respeto a los muertos, el resto lo contamos tal y como sucedió”.

Ahí tienes. Así empieza cada uno de los 10 capítulos de la serie para le televisión Fargo, basada en la película homónima de los hermanos Cohen de 1996.

Un excelente ejercicio televisivo en el que desfilan psicópatas, perdedores, policías buenos, listos, no tan listos, buenas y malas personas, cobardes, generosas, contradictorias…

Es una trama intrincada llena de asesinatos, que te mantiene pegado a la pantalla con los ojos como platos y diciendo: “Menudo berenjenal se montó en Minnesota en el 87. Si es que la realidad siempre supera a la ficción…”.

Así que cuando termino la serie, picado por la curiosidad me voy al Minnesota StarTribune (bueno en realidad lo vi en la Wikipedia, pero empecé por la hemeroteca) y me encuentro con que en Minnesota en 1987… ¡no pasó nada de eso!

No puedo evitar cabrearme un poco con los hermanos Cohen por el engaño pero por otro lado me alegro: se han eliminado de un plumazo un montón de muertes. Así que de alguna manera una cosa compensa la otra.

Buscando un poco más acerca de este “engaño”, veo que los Cohen aprovecharon la fuerza de hacernos creer que eran hechos reales, para dotar de más intensidad a su historia. Nos ponían unas gafas, un filtro que durante toda la serie nos decía “¡y además esto fue real!”.

Pienso entonces en cómo modifica aquello que vemos, el color del cristal por el que miramos. Nuestro filtro personal. Aquí entran los prejuicios, las creencias, nuestros deseos, las expectativas… Es casi imposible observar una situación nueva o una persona, sin “colocarle” aquello que ya levamos nosotros dentro. Vemos inevitablemente lo que somos, pensamos o sentimos, proyectado en el otro.

Por eso cuando nos cruzamos con algo o alguien que nos incomoda, una situación que nos enfada o que nos mueve emocionalmente, podemos hacernos la siguiente pregunta: “¿Qué parte de mí estoy poniendo yo ahí?”.

¡Ojo!, esto no quiere decir que yo soy responsable de lo que está pasando, o que debo permanecer o comprometerme en algo que nos hace daño porque en el fondo “soy yo mismo reflejado”. En esas situaciones, una vez que intentamos cambiar las cosas y no podemos, el mejor movimiento puede ser simplemente seguir nuestro camino (ver este post anterior).

No, se trata de hacernos conscientes de nuestros filtros y creencias limitantes (prejuicios) y para esto las relaciones con otros seres humanos son la mejor escuela. Podemos aprender mucho de cada experiencia, de cada interacción, sobre todo de aquellas que nos sacan de nuestra zona de confort, que nos desafían.

Un poquito más allá de nosotros mismos es desde donde vamos a conocernos mejor.

En Fargo también he aprendido que hay persona buenas y malas. Aparece un psicópata muy sanguinario, magistralmente interpretado por Billy Bob Thornton, que disfruta haciendo daño y enfrentando a la gente. Pero también está la protagonista femenina, una policía que cumple con su deber y trata de que las cosas funcionen, y ayuda a la gente a pesar del peligro que corre.

Por fortuna los psicópatas que se nos muestran en las películas, sofisticados y super-inteligentes no se corresponden con el mundo real, pero sí lo son las personas buenas que tratan de ayudar a los demás. Hay muchos más ejemplos de las segundas que de los primeros y creo sinceramente que nuestra esencia como seres humanos es fundamentalmente buena.

Y para ilustrar esto os dejo con una estupenda historia inspiradora que no había escuchado antes y que Molly (Allison Tolman, ver foto) nuestra policía protagonista de Fargo cuenta a Lester, uno de esos personajes mezquinos.

Un hombre se apresura para coger el tren que está a punto de partir. Sin darse cuenta pierde uno de sus guantes, que cae en mitad del andén. Una vez en su asiento mira por la ventanilla y descubre el guante perdido. Ya es tarde. El tren se ha puesto en marcha y no puede recuperarlo de ninguna manera. Entonces, se levanta de su asiento, abre la ventanilla y con habilidad lanza su otro guante, que queda reposando a pocos centímetros del primero. Después, vuelve a sentarse y prosigue su viaje.

Bonita historia, ¿verdad? Si te ha gustado no dejes de compartirla.

Bueno, ya termino el post de hoy. Te deseo un excelente día y nos vemos el domingo en la newsletter. ¿Aún no estás apuntado? Pues a qué esperas: mando más cosas interesantes, vídeos, invitaciones a cursos y más. Tienes el formulario en la columna de la derecha, o haciendo click en este enlace.

Un saludo afectuoso y ¡feliz viernes!

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