Psicoterapia Online | Dr. Iñaki Vázquez

UNA HISTORIA DE HERMANOS

HermanosEstoy encantado con el booktrailer que me ha montado mi hermano pequeño (sí, pequeño aunque hoy cumple 39 años!) para presentar mi libro de relatos “Bailando con la realidad. Lo publiqué en el post anterior que apodéis ver pinchando aquí, y me ha prometido un pequeño video extra que compartiré con vosotros en cuanto lo tenga.

Así que llevo toda la semana con el tema de los hermanos en la cabeza y por esas sincronías de la vida me llega esta bonita anécdota de manos de mi amiga Livia Silva (estupenda asesora de imagen y protocolo) que me he permitido adaptar y dedico a mi hermano por su cumpleaños.

Espero que os guste y ¡feliz sábado!

Cuando sonó el teléfono y vio que era Israel, su hijo de 9 años, el corazón le dio un vuelco. Había tenido que salir apresuradamente a cubrir una emergencia dejándole al cuidado de su hermano de 4. “¿Pasa algo cariño? ¿Estáis bien?”. “Mamá es David, que se ha quedado encerrado en el baño. Ha dado un golpetazo a la puerta y ahora la manilla no funciona. Dice que está bien, pero un poco asustado, ya sabes…”. Claro que lo sabía. A David le aterrorizaban los espacios cerrados. No tardaría en empezar a angustiarse si no lo había hecho ya…

Pero por suerte no era nada grave y ella podría regresar en menos de 15 minutos. “Cariño, dile que esté tranquilo que enseguida llega mami y le saca del baño. Que no toque nada. ¿Seguro que no puedes abrir tú desde fuera Israel?”. El niño lo había intentado todo. “No puedo mamá… Vaya, creo que David ha empezado a llorar…”. Se angustió de solo imaginar a su pobre hijo encerrado. “Está bien, no hagas nada, salgo para allá”.

Terminó de suturar la herida de la mujer, pidió a su compañero terminara él el papeleo y se metió en el coche apresuradamente. Pobre David. Encerrado solo. ¿Habría podido dar la luz del cuarto de baño? Aún no llegaba bien. Se lo imaginó en la oscuridad, cada vez más aterrado. “Algo de luz entrará por la estrecha ventana de ventilación de encima de la puerta”, pensó. Mierda, no volvería a dejar solo a los niños ni por todo el oro del mundo. Renunciaría a las guardias, pero les hacía tanta falta el dinero…

Espoleada por los llantos de desesperación infantil que escuchaba en su mente, pisó el acelerador. En menos de cinco minutos vio la luz de su casa. Dejó el coche dando uno frenazo junto a la puerta sin molestarse en cerrarlo. Cuando metió la mano en el bolsillo para coger la llave sonó de nuevo el teléfono. Israel. Contestó sujetando el auricular con el hombro a la vez que metía la llave para abrir. “Cariño, ya…”. “Tranquila mamá ya está solucionado. Ya estoy con David, ya no llora”. “¡Qué alivio hijo! Ya estoy entrando en casa. ¿Cómo has abierto la puerta?”. “No, si no la he abierto…”. “¿Cómo dices?…”.

En menos de 5 pasos se plantó en la puerta del baño. Seguía cerrada. David no estaba. Lo que sí había era una inestable torre frente a ella construida con un taburete y dos cajas que apuntaba a la pequeña ventana de ventilación. Cuando abrió por fin la puerta forzando la manilla vio a Israel abrazando a su hermano. “Tranquila mamá, lo tengo todo controlado”, dijo Israel. Y vio como su madre, mientras a su vez les abrazaba, era capaz de reír y llorar al mismo tiempo.

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